Los cuartillos del sabio
Las láminas de la Expedición Botánica que Pablo Morillo confiscó antes de dejar el país para siempre costaron una fortuna, que el sabio Mutis levantó a punta de puro prestigio. Esta es la historia.
POR James Torres
Ilustración de Sandra Marcela Restrepo
Ilustración de Sandra Marcela Restrepo.
Pocos lo saben, pero en vísperas de la creación de la Expedición Botánica en 1783, el sabio José Celestino Mutis andaba sin un peso. O, como solían decir entonces los habitantes del Nuevo Reino de Granada, sin un cuartillo. Esta era la moneda de plata más pequeña que circulaba en el Imperio español y solo era emitida por la Casa de Moneda de Santa Fe de Bogotá. Envilecido por sus rivales y atribulado por los pocos rendimientos de sus minas de plata, el sabio dependía de su mecenas, el hasta hoy desconocido Pedro de Ugarte. Se trataba de un poderoso comerciante vasco que forjó su riqueza gracias al comercio interregional y la expansión inmobiliaria, y quien actuó como banquero de buena parte de los virreyes que pasaron por la capital neogranadina en la segunda mitad del siglo XVIII.
Entre 1770 y 1784, a pesar de sus considerables ingresos como médico, Mutis acumuló con Ugarte una deuda de unos 3.000 pesos de plata sin contar con que el vasco le gratificaba con otros 200 pesos anuales para su estipendio como sacerdote. Esto ocurría porque, si bien Mutis era eclesiástico, no daba misa en ninguna parroquia, así que carecía de rentas procedentes de la Iglesia. En las cuentas figuran gastos prosaicos: el arriendo, el pan para el desayuno y uno que otro dulce para acompañar la merienda. Otros rubros satisfacían necesidades menos ordinarias: finas telas de Europa y Asia destinadas a él y al pintor Pablo Caballero, vidrieras italianas y vino español traído de Málaga. Para entender la magnitud de la cifra, piense el lector que el salario mensual de un peón raso podía alcanzar unos 3 pesos de plata. A efectos de una comparación anacrónica pero reveladora, el sabio debía unos mil salarios mínimos mensuales, o más de mil millones de pesos de 2024. Tanto ayer como hoy, hacer ciencia ha supuesto una alta dosis de quijotería y ha costado un verdadero Potosí.
La Expedición llenó de plata los bolsillos del sabio. El Rey no solo le dotó de una cifra considerable para compensarlo por sus trabajos anteriores, sino que también le asignó un sueldo de 2.000 pesos de plata al año con el cual pudo eventualmente saldar la deuda con su mecenas. Ninguna otra expedición científica en el imperio recibió los dineros que le llegaron a la dirigida por Mutis. Una comparación basta: la Caja Real (tesorería) de Ciudad de México manejaba un presupuesto casi veinte veces más grande que el de la caja de Santa Fe de Bogotá, pero dotaba a su Expedición (pues allí la hubo también) con un presupuesto que ascendía a menos de la mitad del que disfrutaba su contraparte en la Nueva Granada. La bonanza de esta última reflejaba, naturalmente, la fama científica del sabio y constituía un premio por sus estoicos esfuerzos desde su llegada al Reino en 1760. El éxito también traducía la sólida relación del sabio con la corte virreinal, la Caja Real y el poderoso grupo mercantil de la ciudad. Aliados como Ugarte le garantizaron un capital social que le aseguró un apoyo local sin parangón en la política científica que desde Madrid buscaba aumentar el conocimiento sobre la riqueza natural del imperio.
Obtener grandes presupuestos, sin embargo, era solo una pequeña parte de la empresa científica. ¿Quién administraba esos dineros? ¿Cómo se gastaban? ¿Eran suficientes para alcanzar los objetivos propuestos en 1783? Como lo mostró hace mucho tiempo el sociólogo de la ciencia Bruno Latour, los científicos tienden a ser malos administradores. Mutis, al parecer, no era la excepción. En todo caso, para esta tarea contó con la ayuda de sus amigos comerciantes y la de su inseparable alumno, el pintor momposino Salvador Rizo. Los primeros actuaron como sus agentes y representantes ante las cajas reales, mientras que el segundo lo asistió como mayordomo de la casa botánica. Ignacio Roel, el cajero y hombre de confianza de Ugarte, se convirtió en el apoderado del sabio en Santa Fe mientras duró su larga estadía en Mariquita durante la década de 1780. Roel se quejaba frecuentemente de la enorme responsabilidad que implicaba administrar caudales de envergadura, aunque según se lee en una carta, no dejaba de enorgullecerse por “salvaguardar cada cuartillo que de Vuesa Merced [Mutis] a mi mano llega de aquellas cajas [de Santa Fe]”.
Con esos “cuartillos” Mutis y sus asociados desarrollaban actividades científicas. De estas últimas, elaborar las célebres láminas botánicas fue el mayor legado de la Expedición, no solo por las especificidades artísticas que el sabio les imprimió, sino también por constituir el vehículo preferido para transmitir información vegetal en el mundo ilustrado de la época. La Expedición dejó otros legados menos conocidos y más difíciles de apreciar. La formación de decenas de pintores y naturalistas, por ejemplo, constituyó una invaluable fuente de capital humano que solo se replicaría en el campo de las ciencias naturales un siglo después, a principios del xx. El observatorio astronómico y la casa botánica, hoy demolida gracias a la persistente cruzada contra nuestro patrimonio, también se construyeron con el presupuesto de la Expedición. Pero fueron las láminas las que se llevaron el grueso del dinero.
"A efectos de una comparación anacrónica pero reveladora, el sabio debía unos mil salarios mínimos mensuales, o más de mil millones de pesos de 2024. Tanto ayer como hoy, hacer ciencia ha supuesto una alta dosis de quijotería"
Hablemos, pues, de ellas. Transformar metales amone- dados en ilustraciones científicas constituía una alquimia que empezaba con la negociación del presupuesto. Los dineros asignados en la real cédula de fundación de la Expedición Botánica y algunas reglamentaciones posteriores fijaban el monto mínimo sobre el cual Mutis hacía sus peticiones. Esta cifra incluía los salarios del sabio, los pintores y los naturalistas. Estos últimos eran los únicos que recibían sus asignaciones directamente de las cajas reales. El resto del personal los recibía a través de los agentes de Mutis. Por ello, las firmas de afamados colaboradores científicos como Francisco Antonio Zea, Francisco José de Caldas y Sinforoso Mutis tenían una asidua presencia en las cuentas de las cajas santafereñas. El virrey de turno (fueron cinco) autorizaba gastos adicionales para el funcionamiento de la Expedición que no estaban contemplados en la cédulas fundacionales. Gracias a la agencia de Mutis y su equipo, en tan solo cinco años estos desembolsos eclipsaron el presupuesto original y llegaron a la enorme cuantía de 15.000 pesos de plata. Irritemos a los historiadores y forjemos un nuevo anacronismo para entender estas cifras. Las actividades de Mutis y otras asignaciones para iniciativas científicas constituían entre 0.03 % y 0.04% del Producto Interno Bruto (PIB) del virreinato en 1800. Hoy, como se sabe, esta métrica está llegando al 0.4% del mismo. Un penoso incremento apenas diez veces mayor en más de doscientos años.


Láminas de la Expedición Botánica que retratan a la campanilla (Siphocampylus retrorsus, arriba) y a la pasiflora (Passiflora incarnata, abajo). Real Jardín Botánico de Madrid.
Los funcionarios de las cajas de Santa Fe anotaban los desembolsos en una “carta cuenta” (sección) de sus libros contables, llamada “Historia Natural”, nombre que también se usaba en otras cajas del imperio, como la mexicana. Allí los agentes de Mutis firmaban el recibido, prometiendo una entrega de cuentas anuales en las que se justificarían estas erogaciones. Dado el ascendiente del que gozaba el sabio en la corte virreinal, tales cuentas nunca se presentaron y solo se hicieron tras su muerte en 1808. Cuando los oficiales inspeccionaron los balances de Rizo, encontraron muchos gastos sin respaldo alguno de la autoridad real y sugirieron embargar la biblioteca del sabio. La Revolución en 1810 vino a eliminar cualquier causa contra la testamentaria de Mutis dado, entre otros, el influjo de su sobrino, Sinforoso, en el nuevo gobierno. La liberalidad en el manejo sostenido por el científico sobre los caudales del Rey explica, en parte, su éxito institucional con la construcción de obras de envergadura, como el observatorio astronómico, y la formación de un taller con un número de pintores mucho mayor al originalmente autorizado en las órdenes reales.
Una vez los dineros pasaban a los agentes de Mutis, se echaba a andar la compleja máquina que sostenía la logística de la ciencia. Roel, por ejemplo, debía primero contar los dineros e inspeccionar que no hubiera monedas falsas. A continuación, revisaba las denominaciones de las de plata (cuartillos, reales, dobles), pues aquellas de baja denominación eran esenciales para hacer pagos menudos. En ocasiones, a instancias de Mutis, el cajero adquiría, a través de cambistas, monedas de oro (doblones) para realizar compras específicas, informando la tasa de cambio imperante en el día. Los caudales se dividían en tres grandes rubros. Primero, aquel dedicado a pagar las libranzas (cheques) que Mutis emitía para que las cancelara su agente. Segundo, los caudales usados para adquirir insumos y pagar diversos servicios solicitados por el sabio y sus asociados. Tercero, el oro y plata que Roel enviaba directamente a Mutis en Mariquita.
La emisión y pago de libranzas de la Expedición Botánica reflejan la sofisticación financiera que había alcanzado el Nuevo Reino a finales del siglo XVIII. El sabio retribuía a sus proveedores en las ciudades de Mariquita y Honda con instrumentos pagaderos en otras plazas, como en la capital, Santa Fe. Dado el respaldo con que contaba Mutis de las cajas reales y entre sus amigos mercaderes, sus libranzas eran endosadas por los proveedores a comerciantes en varios puntos del virreinato. Para la muestra un botón. Un ejemplo de estos malabares y traslados puede observarse en 1787, cuando Rafael de la Rocha, corregidor de los Panches, vendió al sabio 450 pesos en quina y recibió en pago una libranza pagadera por Roel en Santa Fe. Para conseguir liquidez, Rocha endosó el instrumento a nombre de Juan Blas Aranzazu, negociante de Honda, quien seguramente le cobró algún descuento por la operación. Aranzazu, a su vez, repitió esta operación con Vicente Rojo, comerciante en la capital, quien finalmente se acercó a Roel para cobrar la libranza. Tal era la reputación de Mutis y la confianza que inspiraba su círculo, que algunos de estos papeles llegaban a la capital con cuatro o más endosos, lo que exigía información sobre los diferentes portadores. Roel, como cajero de Ugarte, tenía a su disposición la red de este comerciante para saber quién se presentaba a cobrar el cheque.
Un problema menos llevadero de las complejidades operativas que financiaban la Expedición emergía por las demoras en que incurrían las cajas reales a la hora de desembolsar los dineros para sostenerla. Esto ocurría porque las autoridades priorizaban enormes transferencias que se destinaban desde Santa Fe al vital mantenimiento de las fortificaciones y guarniciones militares de Cartagena. Por tanto, se retrasaban gastos considerados menos urgentes, pero el motor de la empresa científica no debía parar por estos inconvenientes mundanos: Roel debía entonces solicitar préstamos a corto plazo a distintos mercaderes capitalinos para pagar las libranzas.
Los materiales y mercancías adquiridos por la Expedición revelan su carácter global. Para mantener el estatus sartorial (hoy un asesor de moda diría el dressing code) de los miembros del centro mutisiano, Roel compraba telas asiáticas (damasco de lana, tafetán, nanquines o sedas chinas) y adquiría bienes suntuarios europeos (terciopelo italiano, bretaña francesa, paños ingleses, bramantes y holanes de los Países Bajos, cortinas y las referidas vidrieras italianas).
Asimismo, el cajero encargaba una serie de productos cuyo flujo era necesario para el correcto funcionamiento de los trabajos científicos. Libros, naturalmente, figuran en los encargos. Mutis ya tenía una red para estos menesteres, pero Ugarte y su cajero también vendían al público libros procedentes de Inglaterra y Francia que, vía España, eran puestos a su vez a disposición del sabio. La compra de insumos para las láminas exigía paciencia. Además de usar papel ordinario traído de fábricas en Barcelona, Mutis solicitaba y experimentaba con varios tipos de papel para mejorar la calidad de sus ilustraciones. En especial, Roel tenía que lidiar con el dolor de cabeza que suponía hallar el llamado “estraza”, una especie de papel kraft importado, muy solicitado por los mercaderes para llevar sus cuentas, lo que hacía que escaseara. Ahora bien, aunque la mayor parte de los tintes eran fabricados por los mismos miembros de la Expedición, algunos elementos de utilería para la producción de las láminas se importaban del otro lado del Atlántico (recipientes de hojalata ingleses, planchas de hierro –probablemente vascas– y de cinabrio –de los Balcanes o de China–). Otros, como la como goma arábiga usada para fijar los colores, eran traídos, literalmente, de las antípodas.
El centro mutisiano también era un crisol de productos locales, adquiridos de todos los rincones del virreinato. Lienzos del Socorro y San Gil, bocadillos de Vélez, cacao de Cúcuta, mantas de Tunja, harina de Tunjuelo y Villa de Leyva, cerdos de Timaná, alcohol y cobre de Moniquirá, fi- nos lienzos morcotes del pueblo homónimo en los Llanos, esteras de Mompox y azúcar de Guaduas figuran entre las compras realizadas por Roel y Rizo. La logística se complicaba por la decisión de Mutis de proveer comida y servicios a los miembros de la oficina de pintores y a los naturalistas. La idea de ofrecerles estas comodidades era mantener un control mucho más riguroso de unos jóvenes que a la vista del sabio podían perderse en “el juego y la bebida” si se les dejaba mucha libertad. Además de contar con esclavos para el servicio doméstico, quienes colaboraban también en la recolección de plantas, Rizo y Mutis contrataban lavanderas, peones y cocineros para facilitar las actividades diarias de la empresa científica. Adquirir los productos para la “cocina y gasto diario”, como aparece en las cuentas, significaba regatear en las plazas y sostener visitas semanales a las tiendas de la Calle Real para hacer compras de comida, y de pólvora en ocasiones especiales. Todo esto, de nuevo, era financiado con los dineros de las cajas reales, algo que no gustó mucho a los oficiales que revisaron las cuentas tras de la muerte del sabio.
Cuando la sede de la Expedición se trasladó a Mariquita, el embalaje y transporte de todos los insumos deman- dados por Mutis desde Santa Fe significó para Roel y Rizo una pequeña empresa en sí misma. Además de comprar lienzos y costales para cubrir las cargas, debían negociar con arrieros en la llamada tierra fría (Facatativá) y tierra caliente (La Mesa y Guaduas, por ejemplo) para garantizar que el exigente sabio obtuviera sus insumos a tiempo. En Honda, apoderados hacían los reenvíos a Mariquita o almacenaban los insumos hasta que hubiera recuas de mulas disponibles. Cuando alrededor de 1787 la Expedición asumió el manejo de los estancos de quina y del llamado té de Bogotá, la coordinación de su compra, empaque y envío río abajo entró en la esfera de los agentes de Mutis. Ambos estancos, a pesar los miles de pesos que la corona invirtió en ellos, generaron pocos réditos y fueron cerrados cuatro años después. Mutis y otros mercaderes de Santa Fe aprendieron, sin embargo, la logística de la exportación de la quina y se beneficiaron del boom que convirtió al Nuevo Reino en el principal exportador del febrífugo a Europa durante el ocaso del período colonial. Para entonces, en palabras del viajero Alexander von Humboldt, Mutis era “un hombre rico”. Atrás habían quedado los años de quijoterías financieras que ahora heredaban científicos relativamente jóvenes como Caldas y Zea.
Representación del género Espeletia, cuyos miembros se conocen popularmente como frailejones. Real Jardín Botánico de Madrid.
El envío de dinero en efectivo a Rizo y Mutis constituía el último gran rubro de los caudales entregados por los oficiales reales a la Expedición. En ocasiones, las monedas se enviaban a Mariquita con alguno de los herbolarios o auxiliares del sabio, pero también se usaba el sistema de correos, que ofrecía un servicio de encomiendas de dinero. Tras su recibo, el metálico se usaba para cubrir el gasto diario de la casa botánica, pero, sobre todo, para el pago de pintores y herbolarios. La oficina de los primeros llegó a contar, tras su traslado a Santa Fe, con más de veinte operarios a sueldo y un número similar de aprendices. Mutis se enorgullecía de su éxito en formar un grupo local de artistas que habían reemplazado a los españoles y quiteños. Esto, según sus palabras, le permitió “dar educación y honesta crianza a un no corto número de individuos, que de otro modo se hubieran malogrado. Muchas madres viudas han remediado en varias ocasiones sus necesidades con el jornal de sus hijos”.
El Archivo General de la Nación colombiano, cantera de invaluables testimonios, conserva cientos de recibos de estos pintores con sus firmas y sueldos. Se preservan, además, los recibos de la operación del taller tras el fallecimiento de Mutis (1808) hasta los años de la Restauración (1816-19) cuando, de la mano del célebre pintor Francisco Javier Matis, la Expedición, o lo que quedaba de ella, recibió los últimos cuartillos del tesoro real.
CODA
Los curiosos interesados en la fascinante y desconocida trayectoria de Ugarte, mecenas de Mutis, disfrutarán sin duda el artículo de próxima publicación, “Las conexiones de Pedro de Ugarte y José Celestino Mutis: mercaderes, sociedad y me- cenazgo científico en el Nuevo Reino de Granada del siglo XVIII”. Saldrá en el libro Nobleza e Ilustración - Nuevo Reino de Granada, 1719-1819, Ediciones Uniandes, 2024.
Agradecemos al profesor José Antonio Amaya sus luces de más de cuatro décadas en la investigación de la Expedición Botánica neogranadina.
Cuentrofrenia
En treinta y tres años de operación (1783-1816), la Expedición Botánica le costó al fisco unos $263.868 pesos plata de la época, que en oro serían unos 97.006 castellanos. A precio de hoy valdrían alrededor de 29 millones de dólares, unos 115.000 millones de pesos colombianos. Compárese con los 93.000 millones de pesos que está pidiendo hoy el Instituto de Ciencia Naturales de la Universidad Nacional de Colombia para ser salvado.
- El presupuesto anual de la Expedición Botánica ascendió en promedio a unos 3 mil millones de pesos de hoy, cerca de $765.000 USD.
- El presupuesto anual de la Expedición Botánica ascendió en promedio a unos 3 mil millones de pesos de hoy, cerca de $765.000 USD.
- Los pintores criollos de la Real Expedición Botánica provinieron de: Santa Fe (17), Quito (10), Popayán (6), la Provincia de Cartagena (2), Guaduas (1), Duitama (1). La Corona asignó dos pintores peninsulares, pero solo uno trabajó propiamente en la oficina y ello por un corto periodo de tiempo.
- Para producir las láminas de la Real Expedición Botánica se trabajaron 78.160 jornadas de, en promedio, 9 horas diarias.
- Por la nómina de la Real Expedición Botánica pasaron cerca de 9 naturalistas y 11 herbolarios. Sus miembros contaron, además, con unos 6 miembros honorarios, que no recibieron salario alguno.
- En ciencia, el gobierno español invertía entre 0.04 y 0.05 % del PIB del Virreinato del Nuevo Reino de Granada. Hoy la inversión del gobierno colombiano está por el 0.3 - 0.4 %. Un incremento apenas diez veces mayor en dos siglos.
- Por la oficina de pintores de la Expedición Botánica pasaron unos 39 artistas y 32 aprendices ligados a la Escuela Gratuita de Dibujo.
- La Expedición produjo más de 6.500 láminas botánicas. La cifra supera las láminas reunidas de todas las demás expediciones científicas que trasegaron por entonces el vasto Imperio español.
- El pintor que más trabajó en la Real Expedición Botánica fue el momposino Salvador Rizo, con más de ocho mil jornadas (72.000 horas de trabajo). Lo siguen de cerca el quiteño Nicolás Cortés Alcocer, con seis mil jornadas (54.000 horas) y el célebre pintor oriundo de Guaduas, Francisco Javier Matiz, con poco más de cinco mil jornadas (45,000 horas).
Empresas con propósito que lideran el camino hacia las inversiones sostenibles
Sobre los recientes hitosd de sostenibilidad de Protección
Hoy en día las empresas desempeñan un papel crucial al dirigir sus inversiones hacia iniciativas que no solo generan beneficios financieros, sino que también tienen un impacto positivo en la sociedad y el medio ambiente. Cada vez más, las organizaciones reconocen la importancia de alinear sus valores con sus decisiones financieras, integrando prácticas sostenibles en todos los aspectos de sus operaciones, incluida la gestión de sus inversiones.
A partir de su compromiso con la sostenibilidad y la responsabilidad corporativa, Protección implementa una estrategia de inversión sostenible, la cual ha llevado a la organización a obtener una puntuación sobresaliente en la evaluación más reciente que realizó la organización Principios para la Inversión Responsable (pri), entidad que busca congregar a inversores responsables a nivel global para trabajar de manera colaborativa con el fin de lograr mercados sostenibles. Este puntaje ubicó a la compañía entre las diez mejores empresas administradoras de activos de Latinoamérica y por encima del promedio mundial.
“Estos resultados, que no solo sobresalen a nivel nacional, sino que nos posicionan como una empresa referente en los mercados de Europa y Latinoamérica, demuestran que para Protección la sostenibilidad es una convicción, lo cual nos ha retado a desarrollar e implementar un proceso de inversión sostenible de estándares mundiales y con el potencial de ser replicado por otras compañías de la industria”, comenta Juan David Correa, presidente de Protección.
Al integrar la sostenibilidad en sus decisiones financieras, Protección demuestra que es posible generar beneficios económicos mientras se contribuye al bienestar de las personas y del planeta. En un mundo cada vez más consciente de los desafíos ambientales y sociales, las empresas cumplen un papel como agentes de cambio que inspiran a otros a seguir su ejemplo hacia un futuro más sostenible.
“Uno de los hitos más representativos que nos ha permitido avanzar en la estrategia es que durante el 2023 Protección triplicó los activos bajo administración con un análisis ASG, con lo cual se demostró nuestra convicción de aportar al desarrollo sostenible. Además, la compañía tiene inversiones en activos con etiquetas sostenibles, un hecho que la posiciona como uno de los inversionistas institucionales con mayor cantidad de bonos etiquetados, destinados a financiar empresas, proyectos e iniciativas que promuevan el desarrollo sostenible de la sociedad", agrega Correa.
Una cifra por destacar es que los portafolios de gestión patrimonial administrados por Protección con atributos de sostenibilidad durante 2023 evitaron la emisión de 1.586 toneladas de CO2, lo que equivale a evitar la deforestación de 58 hectáreas o 34 canchas de fútbol de bosque maduro.
Las empresas que realizan inversiones sostenibles están sentando las bases para un futuro en el que el éxito económico esté intrínsecamente ligado al bienestar social y ambiental. Al integrar la sostenibilidad en sus decisiones financieras, están contribuyendo de manera significativa al avance hacia un mundo más equitativo para las generaciones futuras. En un momento en que la urgencia de abordar los desafíos globales es más apremiante que nunca, las inversiones sostenibles representan una poderosa herramienta para transformar la manera en que hacemos negocios y forjar un futuro más próspero para todos.
ACERCA DEL AUTOR
Historiador con una especialización en economía. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Georgetown en 2021 con la tesis Trade in a Changing World: Gold, Silver, and Commodity Flows in the Northern Andes 1780- 1840. Actualmente es profesor asistente del Departamento de Historia y Geografía de la Universidad de los Andes.